III.

Después de haber decidido dos veces estudiar en la Universidad de Cergy-Pontoise (UCP, que no UPC) mi memoria se encuentra (des)ocupada por un vacío en cuanto al tema “Erasmus”, que, en su lugar, ocupan los exámenes finales del segundo semestre y las vacaciones de verano, a excepción de los momentos dedicados a elegir y comprar los pasajes para venir a “París”. Tampoco este viaje es el más normal del mundo, ya que antes de venir quise pasar unos días por Barcelona: en parte, para arreglar algunos papeles de la universidad, pero principalmente para ver personas de las que quería despedirme.

Pasé tres días en Barcelona, como un recogido: durmiendo en casa de amigos y con una maleta llena de ropa y bastantes libros sueltos en una consigna de la estación de Sants. Esos días fueron muy completos; incluyeron papeleos, conciertos de Festa Major, cenas en casa de amigos y por ahí, kebabs, salidas nocturnas, conversaciones hasta ver el amanecer, trabes mentales, sentimientos tempranos de nostalgia, paseos por el centro de Barcelona, recuperación de comidas “tradicionales” en el césped a la puerta de la universidad, visitas al hospital, compras, celebraciones de cumpleaños, incluso, nuevas personas. Pero, sobre todo, despedidas y abrazos, muchos abrazos.

Después de eso y una noche casi en vela en el aeropuerto –volaba a las seis de la madrugada y estuve allí desde las once y media de la noche anterior–, en compañía de mi padre, nos pusimos rumbo a París. Ninguno de los dos había estado “aquí” ni se imaginaba cuánto le iba a gustar de entrada.

 

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