IV. Día 1.

La noche en vela en el aeropuerto el día del viaje a París no fue, por decirlo así, de las mejores experiencias que haya vivido, aunque tampoco fue demasiado mala. La perspectiva inminente de venir a París por primera vez pero para todo un año era tan atractiva e interesante como intrigante; fue uno de esos pocos momentos de la vida –al menos hasta la veintena– en que eres consciente de que tu vida está a punto de cambiar.

Por suerte, en el aeropuerto del Prat (Barcelona) hay una cafetería abierta toda la noche. Eso mejoró bastante la noche y añadió un libro a mi colección, cortesía de mi padre. En el vuelo no hubo incidentes, aunque me extrañó que antes del despegue no hicieran en francés la interesantísima e imprescindible explicación de cómo actuar en caso de emergencia. Reconozco que hacerla en español, catalán, inglés y francés probablemente resulte cansino, pero, ¿un francés que vuelve a casa no tiene derecho a o necesidad de escucharla en su idioma? Por supuesto, probablemente resulte preferible que un catalán la pueda escuchar atentamente dos veces, aunque, malhauradament, ¡no sean bienvenidos a Francia en catalán!

Mi primera impresión de Francia fue tan tópica (“¡Francia es más bonita!”) como curiosa: la causa estaba en los servicios del aeropuerto de Orly, los primeros baños públicos decorados que he visto nunca, si no me falla la memoria o se trata de un caso de sugestión profrancesa.

Por otro lado, ni el camino a la residencia (una hora en coche nos separaba a mi padre y a mí del lugar que es desde entonces mi “segunda casa”) ni el papeleo de admisión fueron especialmente difíciles, aunque lo que nos encontramos en mi habitación fue chocante. En primer lugar, una coincidencia en la numeración con prácticamente ninguna probabilidad estadística de darse, todo un argumento casuístico a favor de los que creen en las “señales” del destino. En segundo lugar, una vuelta a los años noventa en cuanto a mobiliario doméstico.

Con todo esto, el primer día se pasó haciendo arreglos en y compras, aunque, de paso, conocí a mi compañero de piso, un alemán: ¡a lo mejor no solo aprendo inglés y francés en Francia! De momento, solo sé decir “Ich liebe dich”, por romántico que parezca. Además, conocí a una chica polaca, a otra alemana, a tres japonesas y a un español. Todavía no había visto París, pero parecía ser que, como mínimo, no iba a volver a España sin conocidos en lugares lejanos.

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